En los últimos tiempos, el sarampión ha adquirido cierta notoriedad, no exenta de controversia.
En 1985, el Dr. Richard Moskowitz publicó "The Case Against Immunization" (Argumentos contra la vacunación), donde cuestionó la suposición de que la enfermedad sea una señal de debilidad en nuestro sistema inmunitario. Según él, "para cuando aparecen los primeros síntomas del sarampión, los anticuerpos circulantes ya son detectables en la sangre, y el punto álgido de la sintomatología coincide con el pico de la respuesta de anticuerpos". En pocas palabras: la enfermedad sería simplemente el esfuerzo definitivo del sistema inmunitario para eliminar el virus de la sangre. Los síntomas del sarampión, o de cualquier otra enfermedad, simplemente significarían que el cuerpo está en las últimas etapas de curación.
En su libro más conocido, "Vaccines: A Reappraisal" (Vacunas: una reevaluación), Moskowitz concluye la obra con una sección específica titulada "What I Believe", en la que sintetiza su filosofía médica:
- Postura: Sostiene que la disciplina médica debe ser "simple, sana y natural".
- Crítica: Argumenta que las vacunas, por su naturaleza, "engañan" al sistema inmunitario para crear una apariencia de inmunidad que es parcial y temporal.
- Propuesta: Aboga por un enfoque clínico que priorice la observación del paciente individual sobre los mandatos de salud pública uniformes.
"La idea de erradicar el sarampión o la polio nos resulta atractiva simplemente porque el poder de la ciencia médica alimenta la ilusión de que es técnicamente posible; veneramos cada victoria de la tecnología sobre la naturaleza, del mismo modo que la corrida de toros celebra ritualmente el triunfo de la inteligencia humana sobre la bestia bruta. Por eso rara vez reprochamos a las farmacéuticas sus beneficios exorbitantes e incluso ofrecemos voluntariamente los cuerpos de nuestros propios hijos para sus últimos experimentos. La vacunación es, en esencia, un sacramento religioso de nuestra participación en el milagro: un auto de fe en nombre de la civilización misma".
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"Pero incluso si, uno por uno, lográsemos erradicar el sarampión, la polio y todas las enfermedades infecciosas agudas de la humanidad, me resulta difícil imaginar que por ello estaríamos más sanos, o que no surgirían otras al menos igual de graves para ocupar su lugar. En particular, cambiar las enfermedades epidémicas del pasado por las enfermedades crónicas omnipresentes de hoy parece un mal negocio, tanto médica como económicamente, al menos en el mundo industrializado, donde las grandes enfermedades infecciosas ya estaban en declive gracias a mejoras básicas en higiene, saneamiento, calidad del aire y del agua, y similares. Sin embargo, estas son las fantasías que se nos enseña a creer y las idolatrías a las que aspiramos".
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"Por eso, con todo el respeto, tengo poca fe en los sacramentos de Merck, GSK, Pfizer y compañía. Prefiero la verdad mucho más antigua de que la propensión a enfermar está profundamente arraigada en nuestra naturaleza biológica, y que los signos y síntomas de la enfermedad son expresiones de nuestra propia energía vital, esforzándose al máximo por superar aquello que tratamos de superar, intentando, en suma, sanarnos a nosotros mismos. El mito profundamente irreligioso e infinitamente peligroso de que pueden hallarse soluciones puramente técnicas para la enfermedad —y para todos los demás problemas auténticamente humanos— resulta seductor porque elude el verdadero problema de la curación, que es un milagro genuino y a menudo laborioso, que requiere arte, cuidado y atención individual, y que siempre puede no producirse".
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"Todos estamos realmente en riesgo de enfermedad y muerte en cada momento: ningún grado de tecnología puede cambiar eso. Sin embargo, la misión quijotesca de la tecnomedicina consiste precisamente en eso: estar siempre en primera línea contra la enfermedad, atacarla y destruirla allí donde aparezca. La disciplina que intento honrar es mucho más sencilla, más saludable y más satisfactoria: consiste en nada más elaborado que prestar total atención a la experiencia vivida de mis pacientes; reconocer los elementos de salud y bienestar que permanecen ocultos o inaccesibles para ellos; y ofrecer la ciencia pertinente y los medicamentos más adecuados para apoyar y reforzar su capacidad innata de autocuración. Sea religión o no, esa es la profesión por la que elegiría vivir; y aunque estoy dispuesto y encantado de compartirla, no se la impondré a nadie".
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En resumen, el Dr. Richard Moskowitz argumenta en su libro que las vacunas solo proporcionan una inmunidad artificial y temporal en comparación con una inmunidad natural robusta, y que pueden contribuir a enfermedades autoinmunes crónicas al suprimir enfermedades agudas infantiles. Aboga por el consentimiento informado y la voluntariedad en la vacunación, cuestionando los estudios de seguridad a largo plazo y las políticas obligatorias que rodean esta práctica.


