¿Quién merece vivir?

 

Según el Ministerio de Sanidad, en 2024 se practicaron en España 106.172 abortos voluntarios, lo que supone un incremento de 3.075 casos respecto al año 2023. Los datos pueden consultarse en su web.

Es una estadística fría, pero detrás de ella late una realidad moral profundamente contradictoria: una sociedad que permite —e incluso normaliza— la eliminación de vidas en su origen, mientras dedica recursos ingentes a prolongar vidas en su final.

Nos movemos entre dos extremos de la biología humana —el inicio y el ocaso— y adoptamos actitudes radicalmente opuestas: la supresión voluntaria frente a la obstinación terapéutica. El resultado práctico es una disonancia ética que la medicina moderna rara vez se atreve a enfrentar.

Mientras los sistemas sanitarios invierten millones de euros en tratamientos de dudosa eficacia para prolongar unas semanas la vida de pacientes en fase terminal, se considera un derecho consolidado interrumpir la gestación de seres humanos viables. En un extremo, el esfuerzo tecnológico y económico por vencer a la muerte natural; en el otro, la aceptación —incluso la institucionalización— de la muerte voluntaria antes de nacer.

Una medicina que no sabe cuándo detenerse ni cuándo empezar a proteger pierde su coherencia interna. Hay una contradicción moral: Si la finalidad última de la medicina es cuidar la vida, entonces algo esencial se ha perdido entre los protocolos, los presupuestos y las ideologías.

El problema no es solo político ni religioso; es antropológico. Hemos fragmentado la idea de dignidad humana en función del contexto biológico, económico o emocional. Valoramos la vida cuando se aproxima a su fin —quizá porque refleja nuestro propio miedo a desaparecer— y la desechamos cuando todavía no ha adquirido rostro ni historia.

El desafío no debería ser elegir entre la defensa del no nacido y el acompañamiento del moribundo, sino reconciliar la coherencia del cuidado: restar intervenciones donde sobran y sumar presencia donde falta. Tal vez el verdadero progreso no consista en invertir más recursos, sino en recuperar una mirada unitaria sobre lo que significa vivir —y dejar vivir— con dignidad.

EL NEGOCIO DEL EXCESO

Ahora bien, existe otra capa de incoherencia que rara vez se menciona en voz alta: Tanto en el aborto como en el encarnizamiento terapéutico existen intereses económicos poderosos. No hablamos de conspiraciones, sino de estructuras consolidadas: modelos de negocio que se alimentan de decisiones médicas que, en teoría, deberían basarse solo en el bien del paciente.

En un extremo, la industria de los centros de interrupción del embarazo. En el otro, las multinacionales farmacéuticas dedicadas a las terapias contra el cáncer. En ambos, dinero que fluye en proporción directa al número de intervenciones, no a la calidad del cuidado.

El sistema sanitario contemporáneo premia la acción: operar, intervenir, administrar, prescribir. Lo que no genera facturación —escuchar, acompañar, esperar, aceptar— no tiene valor contable. Y por eso, la medicina se ha convertido en una economía de la intervención: cuanto más se hace, más se gana, aunque se cure menos.

Así, el mismo sistema que promueve la supresión de vidas en su origen, también prolonga otras artificialmente, no por compasión, sino por rentabilidad. En ambos casos, la vida deja de ser fin y se convierte en instrumento de producción o de consumo sanitario.

La medicina sustractiva se opone a ese negocio del exceso, defendiendo que cuidar no siempre es intervenir, y que en ética médica, menos puede ser más.


COVID persistente o síndrome postvacunal: ¿dos nombres para el mismo fenómeno?

 

Durante los últimos años nos han vendido dos historias separadas, como si fueran dos enfermedades distintas, y hemos aceptado sin demasiada discusión que el COVID persistente es una entidad clínica reconocida, mientras que el llamado “síndrome postvacunal” permanece en los márgenes, como término incómodo, discutido o directamente deslegitimado.

Pero ¿y si el problema no fuera biológico, sino semántico? Veamos:

Por un lado, el COVID persistente (o long COVID): miles de personas que, después de pasar el virus, siguen arrastrando fatiga extrema, niebla mental, dolor muscular, taquicardias, problemas de coagulación, pérdida de olfato, insomnio, inflamación crónica... “Secuelas del virus”, nos dicen. “El virus es el culpable”.

Por otro lado, el síndrome postvacunal: personas que, tras recibir la inyección contra el COVID, desarrollan exactamente los mismos síntomas. Fatiga incapacitante, niebla cerebral, disautonomía, miocarditis, coágulos, problemas neurológicos, autoinmunidad... Pero aquí la versión oficial cambia: “coincidencia”, “ansiedad”, “no está demostrado”, “casos aislados”, “beneficio supera el riesgo”.¿Casualidad? ¿De verdad alguien se cree que dos procesos que producen idénticos daños en el mismo organismo son dos cosas diferentes?

  • Se nos explicó que el presunto nuevo coronavirus SARS-CoV-2 producía proteína spike.
  • Se nos explicó que las vacunas revolucionarias obligan al cuerpo a producir spike. La misma proteína.

O sea que tanto la infección como las vacunas de ARNm exponen al organismo al mismo antígeno viral: la proteína spike, y los síntomas del long COVID y del síndrome postvacunal son clínicamente indistinguibles. Claro que reconocer que son el mismo proceso implicaría admitir algo demasiado incómodo: que una parte importante del daño que hoy llamamos “long COVID” no lo causó el virus, sino la vacuna. Se trataría de una iatrogenia a escala global.

Si miramos la cronología, las campañas masivas de vacunación arrancaron en diciembre 2020 y explotaron en 2021, con miles de millones de dosis administradas en todo el mundo. Entonces, el 6 de octubre de 2021 la OMS sacó su definición oficial de “condición post-COVID-19” para etiquetar como “secuelas del virus” lo que muchos empezaban a sufrir tras la inyección. Justo a tiempo para mantener la narrativa de “las vacunas son seguras”.

La banca nunca pierde.


Richard Moskowitz, contra la inmunización


En los últimos tiempos, el sarampión ha adquirido cierta notoriedad, no exenta de controversia.

En 1985, el Dr. Richard Moskowitz publicó "The Case Against Immunization" (Argumentos contra la vacunación), donde cuestionó la suposición de que la enfermedad sea una señal de debilidad en nuestro sistema inmunitario. Según él, "para cuando aparecen los primeros síntomas del sarampión, los anticuerpos circulantes ya son detectables en la sangre, y el punto álgido de la sintomatología coincide con el pico de la respuesta de anticuerpos". En pocas palabras: la enfermedad sería simplemente el esfuerzo definitivo del sistema inmunitario para eliminar el virus de la sangre. Los síntomas del sarampión, o de cualquier otra enfermedad, simplemente significarían que el cuerpo está en las últimas etapas de curación.

En su libro más conocido, "Vaccines: A Reappraisal" (Vacunas: una reevaluación), Moskowitz concluye la obra con una sección específica titulada "What I Believe", en la que sintetiza su filosofía médica:

  • Postura: Sostiene que la disciplina médica debe ser "simple, sana y natural". 
  • Crítica: Argumenta que las vacunas, por su naturaleza, "engañan" al sistema inmunitario para crear una apariencia de inmunidad que es parcial y temporal. 
  • Propuesta: Aboga por un enfoque clínico que priorice la observación del paciente individual sobre los mandatos de salud pública uniformes.


He aquí alguna de sus perlas:

"La idea de erradicar el sarampión o la polio nos resulta atractiva simplemente porque el poder de la ciencia médica alimenta la ilusión de que es técnicamente posible; veneramos cada victoria de la tecnología sobre la naturaleza, del mismo modo que la corrida de toros celebra ritualmente el triunfo de la inteligencia humana sobre la bestia bruta. Por eso rara vez reprochamos a las farmacéuticas sus beneficios exorbitantes e incluso ofrecemos voluntariamente los cuerpos de nuestros propios hijos para sus últimos experimentos. La vacunación es, en esencia, un sacramento religioso de nuestra participación en el milagro: un auto de fe en nombre de la civilización misma".

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"Pero incluso si, uno por uno, lográsemos erradicar el sarampión, la polio y todas las enfermedades infecciosas agudas de la humanidad, me resulta difícil imaginar que por ello estaríamos más sanos, o que no surgirían otras al menos igual de graves para ocupar su lugar. En particular, cambiar las enfermedades epidémicas del pasado por las enfermedades crónicas omnipresentes de hoy parece un mal negocio, tanto médica como económicamente, al menos en el mundo industrializado, donde las grandes enfermedades infecciosas ya estaban en declive gracias a mejoras básicas en higiene, saneamiento, calidad del aire y del agua, y similares. Sin embargo, estas son las fantasías que se nos enseña a creer y las idolatrías a las que aspiramos".

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"Por eso, con todo el respeto, tengo poca fe en los sacramentos de Merck, GSK, Pfizer y compañía. Prefiero la verdad mucho más antigua de que la propensión a enfermar está profundamente arraigada en nuestra naturaleza biológica, y que los signos y síntomas de la enfermedad son expresiones de nuestra propia energía vital, esforzándose al máximo por superar aquello que tratamos de superar, intentando, en suma, sanarnos a nosotros mismos. El mito profundamente irreligioso e infinitamente peligroso de que pueden hallarse soluciones puramente técnicas para la enfermedad —y para todos los demás problemas auténticamente humanos— resulta seductor porque elude el verdadero problema de la curación, que es un milagro genuino y a menudo laborioso, que requiere arte, cuidado y atención individual, y que siempre puede no producirse".

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"Todos estamos realmente en riesgo de enfermedad y muerte en cada momento: ningún grado de tecnología puede cambiar eso. Sin embargo, la misión quijotesca de la tecnomedicina consiste precisamente en eso: estar siempre en primera línea contra la enfermedad, atacarla y destruirla allí donde aparezca. La disciplina que intento honrar es mucho más sencilla, más saludable y más satisfactoria: consiste en nada más elaborado que prestar total atención a la experiencia vivida de mis pacientes; reconocer los elementos de salud y bienestar que permanecen ocultos o inaccesibles para ellos; y ofrecer la ciencia pertinente y los medicamentos más adecuados para apoyar y reforzar su capacidad innata de autocuración. Sea religión o no, esa es la profesión por la que elegiría vivir; y aunque estoy dispuesto y encantado de compartirla, no se la impondré a nadie".

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En resumen, el Dr. Richard Moskowitz argumenta en su libro que las vacunas solo proporcionan una inmunidad artificial y temporal en comparación con una inmunidad natural robusta, y que pueden contribuir a enfermedades autoinmunes crónicas al suprimir enfermedades agudas infantiles. Aboga por el consentimiento informado y la voluntariedad en la vacunación, cuestionando los estudios de seguridad a largo plazo y las políticas obligatorias que rodean esta práctica. 


El plasma de los vacunados

 

El análisis de las donaciones de sangre para la extracción de hemoderivados está aportando información relevante en relación con el COVID-19. 

Así, un artículo muestra que de las 13 preparaciones de inmunoglobulinas (anticuerpos) intravenosas analizadas, elaboradas a partir de donantes sanos prepandémicos, 9 ya presentaban reactividad cruzada con los antígenos S1 (spike) del SARS-CoV-2, y algunas de ellas con títulos de anticuerpos tan altos como los observados en pacientes infectados con COVID-19. 


La explicación está en que esos donantes sanos conservaban esos anticuerpos generados en contactos previos con la proteína spike natural de los coronavirus que cada invierno causan el resfriado común, junto con los rinovirus. Es decir, que existía inmunidad humoral cruzada previa en parte de la población.

Por otra parte, este otro artículo muestra cómo las preparaciones de inmunoglobulinas intravenosas recientes contienen crecientes niveles de anticuerpos anti-proteína spike, debido a la vacunación. Los efectos no se analizan.


Claro que esta proteína no es la proteína viral completa en su contexto estructural natural, sino una versión estabilizada y expresada de forma aislada. Es una proteína recombinante obtenida por ingeniería genética en un laboratorio, o bien sintetizada a través de un ARNm también de laboratorio. Que no, no es lo mismo, como tampoco es lo mismo encontrarse un parachoques en una cuneta o toparse con el de un coche que te viene de frente.

Y como tercer dato, y este nos pilla de cerca, cuatro recientes alertas de farmacovigilancia por aumento de reacciones de hipersensibilidad en pacientes receptores de inmunoglobulinas intravenosas en España, con las consiguientes retiradas de los lotes implicados:

Hay que tener en cuenta que el plasma del que se sacan esas inmunoglobulinas procede de donantes de sangre que en su gran mayoría ha recibido vacunas COVID de ARNm. Estas vacunas, además del propio ARNm recombinante para generar proteína spike y anticuerpos contra ella, contienen excipientes como el polietilenglicol (PEG), que también genera anticuerpos: los anticuerpos anti-PEG. 

Y ya son varios los estudios que atribuyen parte de los efectos adversos de las vacunas de ARNm precisamente a los anticuerpos anti-PEG que genera ese excipiente.


Por tanto, puede que el aumento detectado de reacciones en los pacientes que reciben inmunoglobulias intravenosas en España se deba a que se les están inyectando con ellas los anticuerpos anti-PEG de los donantes de sangre que han recibido vacunas COVID de ARNm. Donantes en su mayoría estadounidenses, donde se paga por donar sangre.

¿Se habrá analizado si estos lotes presentaban niveles elevados de anticuerpos anti-PEG...? 
¿Se habrá estudiado su posible contribución a las reacciones observadas...? No se nos dice.

Las inmunoglobulinas intravenosas son un espejo de la sangre de la población. Si la sangre de la población cambia, el producto cambia, eso es evidente. 

La cuestión es si estamos midiendo sus consecuencias.


Bitten: La historia secreta de la enfermedad de Lyme

 

¿Existen enfermedades creadas por el hombre? Hay quien defiende que sí.

La enfermedad de Lyme es una infección causada por bacterias del género Borrelia, principalmente Borrelia burgdorferi, y transmitida por la picadura de garrapatas del género Ixodes. Suele empezar con un eritema migratorio (mancha roja en expansión) y síntomas parecidos a una gripe. Tiene  buena recuperación con antibióticos si se inicia pronto. Si no se trata, puede afectar a articulaciones, nervios y corazón. Es la enfermedad transmitida por garrapatas más frecuente en el hemisferio norte.

En el libro Bitten (mordida): La historia secreta de la enfermedad de Lyme y las armas biológicas, de 2019, se sostiene que la enfermedad de Lyme es fruto de la investigación de armas biológicas de la Guerra Fría realizada por el gobierno de los Estados Unidos en Plum Island, una instalación de investigación de enfermedades animales de alta seguridad frente a la costa de Long Island, Nueva York, cerca de Lyme, Connecticut, donde la enfermedad se identificó por primera vez en 1975.

La escritora científica de Stanford Kris Newby, cuyo esposo sufrió una enfermedad de Lyme grave y resistente al tratamiento, nos cuenta que la enfermedad de Lyme no evolucionó de forma natural como un nuevo patógeno humano en la década de 1970, sino que surgió porque el ejército estadounidense infectó deliberadamente garrapatas con múltiples patógenos para crear armas biológicas antipersonal que incapacitaran a las tropas enemigas con enfermedades a largo plazo y difíciles de diagnosticar.

El libro parte de una historia real, la del programa secreto del gobierno de Estados Unidos en las décadas de 1950 y 1960 para convertir garrapatas en armas biológicas. El morbo está en que el programa lo habría iniciado el veterinario y virólogo alemán Erich Traub, reclutado al final de la Segunda Guerra Mundial a través de la Operación Overcast (renombrada Operación Paperclip), cuyo científico más famoso fue Wernher von Braun, autor del cohete alemán V-2 y que luego construiría el cohete lunar Saturno V de la NASA.

Newby estructura su historia en torno a la biografía de Willy Burgdorfer, el entomólogo que descubrió la Borrelia burgdorferi, la espiroqueta de Lyme, en 1981, quien afectado de Parkinson le concedió una entrevista en su lecho de muerte en la que supuestamente admitió que esa era la misma bacteria con la que había trabajado en armas biológicas basadas en garrapatas en los laboratorios del ejército de Estados Unidos en Plum Island en los años 50.

Según Bitten, Willy Burgdorfer se formó en Suiza y llegó a Estados Unidos en 1951. Durante los años cincuenta realizó experimentos infectando garrapatas con múltiples patógenos, una línea de trabajo que el libro vincula con una posible participación en proyectos militares de guerra biológica. Su trayectoria científica pública se centró después en las enfermedades transmitidas por artrópodos, hasta que en los años setenta recibió muestras procedentes del brote de Lyme en Connecticut. 

En 1981 realizó el descubrimiento oficial de Borrelia burgdorferi, aunque Bitten considera que sus publicaciones científicas sobre el tema eran incompletas y omitían datos relevantes. A lo largo de su carrera mantuvo silencio sobre ciertos trabajos sensibles, un silencio que se resquebraja en la entrevista de 2013, cuando sugiere vínculos entre sus experimentos de los años cincuenta y el patógeno de Lyme, dejando entrever un sentimiento de culpabilidad que el libro interpreta como una “confesión” final.

El libro, como tantos otros interesantes y polémicos, sólo está disponible en inglés. He aquí la traducción al español de su apasionante prólogo:

"En 1968 se produjo un súbito brote de tres enfermedades inusuales transmitidas por garrapatas que afectaron a personas que vivían alrededor del Long Island Sound, un estuario del océano Atlántico frente a las costas de Nueva York y Connecticut. Una de estas enfermedades era la artritis de Lyme, documentada por primera vez cerca del municipio de Lyme, Connecticut. Las otras dos eran la fiebre maculosa de las Montañas Rocosas, una enfermedad bacteriana, y la babesiosis, causada por un parásito similar al de la malaria.

Las investigaciones sobre estos brotes se fragmentaron entre varios departamentos de salud estatales, universidades y laboratorios gubernamentales. No está claro si hubo algún responsable que analizase el panorama general, preguntándose por qué estas enfermedades tan extrañas habían aparecido aparentemente de la nada, en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Trece años después, en 1981, un experto suizo-estadounidense en garrapatas llamado Willy Burgdorfer fue el primero en identificar la bacteria de forma helicoidal que causaba la condición que hoy llamamos enfermedad de Lyme. El descubrimiento ocupó titulares en todo el mundo y aseguró a Burgdorfer un lugar en los libros de historia de la medicina. Mientras investigadores de todo el planeta regresaban apresuradamente a sus laboratorios para aprender cuanto pudieran sobre este nuevo organismo, los otros dos brotes de enfermedad quedaron prácticamente olvidados.

Treinta y ocho años después, el estamento médico convencional quiere hacernos creer que posee una comprensión sólida de la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad de Lyme. Afirma que las pruebas de detección son fiables y que la enfermedad puede curarse con unas pocas semanas de antibióticos.

Las estadísticas muestran una realidad diferente.

Los casos notificados de enfermedad de Lyme se han cuadruplicado en Estados Unidos desde la década de 1990. En 2017, se notificaron 42.743 casos a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Los científicos del CDC que estudian la propagación de enfermedades afirman ahora que los casos reales podrían ser diez veces superiores a los notificados, es decir, 427.430 casos. De media, esto supone unos 1.000 casos nuevos al día en Estados Unidos.

Aunque la mayoría de los pacientes diagnosticados y tratados precozmente pueden recuperarse por completo, entre el 10 y el 20 % sufren síntomas persistentes, algunos gravemente incapacitantes. Un estudio estima que la enfermedad de Lyme cuesta alrededor de 1.300 millones de dólares al año solo en costes médicos directos, pero nadie ha evaluado el impacto económico y social total de la Lyme crónica, a veces denominada síndrome postratamiento de la enfermedad de Lyme (PTLDS). Los pacientes con síntomas prolongados suelen ser ignorados por el sistema sanitario, lo que les obliga a buscar tratamientos no probados y no cubiertos por el seguro médico. Muchos no pueden trabajar ni ir a la escuela. Algunos se arruinan. Familias se rompen. Existe una alta tasa de suicidio entre los pacientes con Lyme, reflejada en un dicho común entre los afectados:

«La Lyme no te mata; solo hace que desees estar muerto».

El abismo entre lo que los investigadores dicen saber sobre la enfermedad de Lyme y lo que los pacientes crónicamente enfermos afirman experimentar ha permanecido como una herida abierta durante décadas. Este libro parte de la premisa de que ambas partes tienen en gran medida razón, y de que el problema principal es que estamos contemplando esta crisis de salud pública de forma demasiado estrecha, a través de unas “gafas teñidas de Lyme”.

Antes de empezar este libro, creía tener una comprensión sólida del problema de la enfermedad de Lyme. Como antigua paciente, tenía experiencia de primera mano con la enfermedad y con la manera en que el sistema médico falla a los enfermos. Como investigadora del documental Under Our Skin, había investigado la política, el dinero y el impacto humano de la enfermedad. Y como escritora en una facultad de medicina, trabajando en un grupo que enseña a los científicos a realizar investigaciones imparciales, conocía bien las grietas de nuestro sistema sanitario actual que pueden comprometer la objetividad científica.

Hizo falta el difunto y extraordinario Willy Burgdorfer para enseñarme a contemplar el problema desde un prisma más amplio: a través de una historia secreta de la Guerra Fría, cuando Willy y otros convirtieron las garrapatas en armas de guerra".

El libro concluye sugiriendo que el gobierno encubrió el origen de las armas biológicas, desvió la investigación hacia una narrativa de "surgimiento natural" y dejó a millones de personas sufriendo porque reconocer la verdad expondría el trabajo ilegal con armas biológicas (en violación de la Convención sobre Armas Biológicas de 1972).

Vayamos con los hechos: A finales de la década de 1960 se produjo el brote de Lyme con una concentración extremadamente alta en una pequeña área geográfica alrededor de Long Island Sound. Los pacientes a menudo informaron múltiples enfermedades similares a las rickettsiales además de la espiroqueta, lo que sugiere una coinfección por garrapatas modificadas genéticamente. Bitten relata un importante accidente con liberación de garrapatas infectadas en la costa de Long Island, lo que explica la repentina explosión de casos de Lyme cerca de Lyme, Connecticut.

Documentos desclasificados demuestran que Erich Traub sí que fue capturado por las fuerzas estadounidenses en mayo de 1945. Pasó entre 1945 y 1948 bajo custodia estadounidense y británica, y nunca fue procesado en Núremberg. Traub fue llevado a los Estados Unidos y trabajó como consultor para Plum Island. También es un hecho que el ejército estadounidense llevó a cabo un gran programa de “enfermedades transmitidas por artrópodos” utilizando garrapatas como vectores. 

Ningún documento desclasificado muestra que Traub haya trabajado directamente con Borrelia burgdorferi (la espiroqueta de Lyme). Al parecer, simplemente sentó las bases para futuras investigaciones.

Contra la tesis del libro, hay estudios genómicos posteriores que afirman que Borrelia burgdorferi existía en las garrapatas de América del Norte décadas o siglos antes de la era de las armas biológicas de Plum Island.

Bitten es un libro de investigación conspirativo, apasionante y bien escrito, que convenció a muchos lectores (incluido RFK Jr.), pero que es rechazado por el stablishment científico del Lyme, que lo acusan de carecer de pruebas concluyentes y basarse en conexiones circunstanciales y en las declaraciones ambiguas de un científico de edad avanzada. Es un texto que sigue siendo muy influyente en los círculos de la medicina alternativa y las filtraciones de laboratorio.

Para Jay Bhattacharya, actual director de los National Institutes of Health (NIH):

  • Es posible (y quizás probable, aunque no está probado) que la aparición y propagación de la enfermedad de Lyme haya sido causada por este programa de investigación, que incluyó grandes pruebas al aire libre con garrapatas infectadas intencionalmente en suelo estadounidense.
  • El programa de armas biológicas utilizó combinaciones de virus y bacterias que infectaban a la misma garrapata para ocultar la respuesta inmune del cuerpo a la infección y evitar que las pruebas médicas estándar la detectaran.
  • Es probable que la enfermedad de Lyme y los síndromes relacionados sean causados ​​por más patógenos además de Borrelia burgorferi. 

Pata mí, resulta inevitable no relacionar lo contado en el libro con el fenómeno COVID-19. La investigación biomédica siempre ha querido ir más allá de lo que dicta la prudencia, aunque quizá todo se haya visto magnificado por nuestra imaginación. 

Desde luego, tanto Bitten como el COVID dan para una buena película.


Colesterol y ELA

 

La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) es una enfermedad neurodegenerativa que destruye progresivamente las neuronas motoras, que son las encargadas de transformar la señal cerebral en una contracción muscular real, ordenando el movimiento.

La sensibilidad se conserva, pero los músculos pierden fuerza, se atrofian y aparece espasticidad. Suele comenzar con debilidad en brazos, piernas o dificultades para hablar o tragar. Con el tiempo, la debilidad avanza y aparecen problemas para respirar. No hay tratamiento efectivo, y el pronóstico es malo.

Tanto las membranas de las neuronas como la mielina que las envuelve están formadas por colesterol y otras grasas, y las motoneuronas tienen axones muy largos, de hasta más de un metro, y una altísima demanda energética. 

Por tanto, no debería sorprendernos que un estudio encuentre que niveles altos de colesterol estén asociados con una mejor supervivencia con ELA una vez diagnosticada:

Dupuis et al. (2008), Francia. Se identificó una relación inversa entre el colesterol total y la progresión de ELA. Se propuso que niveles elevados podrían tener un efecto neuroprotector.

Por otra parte, la ELA se ha relacionado con infecciones persistentes por bacterias como Chlamydia, Borrelia, Rickettsia o Mycoplasma. ¿Cómo podrían encajar estos hallazgos?

Esas bacterias atípicas son intracelulares, difíciles de detectar y con capacidad de inducir inflamación crónica, algo que los modelos teóricos relacionan con la neurodegeneración. También son parásitos metabólicamente dependientes. Una infección persistente consumiría nutrientes celulares, induciría inflamación crónica de bajo grado y aumentaría el gasto energético basal del organismo. 

No son por tanto teorías excluyentes. Tener más lípidos circulantes garantiza materia prima para la reparación neuronal, y anticipa mayor reserva energética disponible, lo que encajaría con la mejor supervivencia observada en la ELA.

Infravalorar los lípidos y demonizar las grasas es ignorar su papel reparador de la neurodegeneración.