¿Quién merece vivir?

 

Según el Ministerio de Sanidad, en 2024 se practicaron en España 106.172 abortos voluntarios, lo que supone un incremento de 3.075 casos respecto al año 2023. Los datos pueden consultarse en su web.

Es una estadística fría, pero detrás de ella late una realidad moral profundamente contradictoria: una sociedad que permite, e incluso normaliza, la eliminación de vidas en su origen, mientras dedica recursos ingentes a prolongar vidas en su final.

Nos movemos entre dos extremos de la biología humana: el inicio y el ocaso, y adoptamos actitudes radicalmente opuestas: la supresión voluntaria frente a la obstinación terapéutica. El resultado práctico es una disonancia ética que la medicina moderna rara vez se atreve a enfrentar.

Mientras los sistemas sanitarios invierten millones de euros en tratamientos de dudosa eficacia para prolongar unas semanas la vida de pacientes en fase terminal, se considera un derecho consolidado interrumpir la gestación de seres humanos viables. En un extremo, el esfuerzo tecnológico y económico por vencer a la muerte natural; en el otro, la aceptación, incluso la institucionalización, de la muerte voluntaria antes de nacer.

Una medicina que no sabe cuándo detenerse ni cuándo empezar a proteger pierde su coherencia interna. Hay una contradicción moral: Si la finalidad última de la medicina es cuidar la vida, entonces algo esencial se ha perdido entre los protocolos, los presupuestos y las ideologías.

El problema no es solo político ni religioso; es antropológico. Hemos fragmentado la idea de dignidad humana en función del contexto biológico, económico o emocional. Valoramos la vida cuando se aproxima a su fin (quizá porque refleja nuestro propio miedo a desaparecer), y la desechamos cuando todavía no ha adquirido rostro ni historia.

El desafío no debería ser elegir entre la defensa del no nacido y el acompañamiento del moribundo, sino reconciliar la coherencia del cuidado: restar intervenciones donde sobran y sumar presencia donde falta. Tal vez el verdadero progreso no consista en invertir más recursos, sino en recuperar una mirada unitaria sobre lo que significa vivir, y dejar vivir, con dignidad.

EL NEGOCIO DEL EXCESO

Ahora bien, existe otra capa de incoherencia que rara vez se menciona en voz alta: Tanto en el aborto como en el encarnizamiento terapéutico existen intereses económicos poderosos. No hablamos de conspiraciones, sino de estructuras consolidadas: modelos de negocio que se alimentan de decisiones médicas que, en teoría, deberían basarse solo en el bien del paciente.

En un extremo, la industria de los centros de interrupción del embarazo. En el otro, las multinacionales farmacéuticas dedicadas a las terapias contra el cáncer. En ambos, dinero que fluye en proporción directa al número de intervenciones, no a la calidad del cuidado.

El sistema sanitario contemporáneo premia la acción: operar, intervenir, administrar, prescribir. Lo que no genera facturación: escuchar, acompañar, esperar, aceptar..., no tiene valor contable. Y por eso, la medicina se ha convertido en una economía de la intervención: cuanto más se hace, más se gana, aunque se cure menos.

Así, el mismo sistema que promueve la supresión de vidas en su origen, también prolonga otras artificialmente, no por compasión, sino por rentabilidad. En ambos casos, la vida deja de ser fin y se convierte en instrumento de producción o de consumo sanitario.

La medicina sustractiva se opone a ese negocio del exceso, defendiendo que cuidar no siempre es intervenir, y que en ética médica, menos puede ser más.


COVID persistente o síndrome postvacunal: ¿dos nombres para el mismo fenómeno?

 

Durante los últimos años nos han vendido dos historias separadas, como si fueran dos enfermedades distintas, y hemos aceptado sin demasiada discusión que el COVID persistente es una entidad clínica reconocida, mientras que el llamado “síndrome postvacunal” permanece en los márgenes, como término incómodo, discutido o directamente deslegitimado.

Pero, ¿y si la cuestión no fuera biológica, sino política? Veamos:

Por un lado, el COVID persistente (o long COVID): miles de personas que, después de pasar el virus, siguen arrastrando fatiga extrema, niebla mental, dolor muscular, taquicardias, problemas de coagulación, pérdida de olfato, insomnio, inflamación crónica... “Secuelas del virus”, nos dicen. “El virus es el culpable”.

Por otro lado, el síndrome postvacunal: personas que, tras recibir la inyección contra el COVID, desarrollan exactamente los mismos síntomas. Fatiga incapacitante, niebla cerebral, disautonomía, miocarditis, coágulos, problemas neurológicos, autoinmunidad... Pero aquí la versión oficial cambia: “coincidencia”, “ansiedad”, “no está demostrado”, “casos aislados”, “beneficio supera el riesgo”.¿Casualidad? ¿De verdad alguien se cree que dos procesos que producen idénticos daños en el mismo organismo son dos cosas diferentes?

  • Se nos explicó que el presunto nuevo coronavirus SARS-CoV-2 producía proteína spike.
  • Se nos explicó que las vacunas revolucionarias obligan al cuerpo a producir spike. La misma proteína.

O sea que tanto la infección como las vacunas de ARNm exponen al organismo al mismo antígeno viral: la proteína spike, y los síntomas del long COVID y del síndrome postvacunal son clínicamente indistinguibles. Claro que reconocer que son el mismo proceso implicaría admitir algo demasiado incómodo: que una parte importante del daño que hoy llamamos “long COVID” no lo causó el virus, sino la vacuna. Se trataría de una iatrogenia a escala global.

Si miramos la cronología, las campañas masivas de vacunación arrancaron en diciembre 2020 y explotaron en 2021, con miles de millones de dosis administradas en todo el mundo. Entonces, el 6 de octubre de 2021 la OMS sacó su definición oficial de “condición post-COVID-19” para etiquetar como “secuelas del virus” lo que muchos empezaban a sufrir tras la inyección. Justo a tiempo para mantener la narrativa de “las vacunas son seguras”.

La banca nunca pierde.


Richard Moskowitz, contra la inmunización


En los últimos tiempos, el sarampión ha adquirido cierta notoriedad, no exenta de controversia.

En 1985, el Dr. Richard Moskowitz publicó "The Case Against Immunization" (Argumentos contra la vacunación), donde cuestionó la suposición de que la enfermedad sea una señal de debilidad en nuestro sistema inmunitario. Según él, "para cuando aparecen los primeros síntomas del sarampión, los anticuerpos circulantes ya son detectables en la sangre, y el punto álgido de la sintomatología coincide con el pico de la respuesta de anticuerpos". En pocas palabras: la enfermedad sería simplemente el esfuerzo definitivo del sistema inmunitario para eliminar el virus de la sangre. Los síntomas del sarampión, o de cualquier otra enfermedad, simplemente significarían que el cuerpo está en las últimas etapas de curación.

En su libro más conocido, "Vaccines: A Reappraisal" (Vacunas: una reevaluación), Moskowitz concluye la obra con una sección específica titulada "What I Believe", en la que sintetiza su filosofía médica:

  • Postura: Sostiene que la disciplina médica debe ser "simple, sana y natural". 
  • Crítica: Argumenta que las vacunas, por su naturaleza, "engañan" al sistema inmunitario para crear una apariencia de inmunidad que es parcial y temporal. 
  • Propuesta: Aboga por un enfoque clínico que priorice la observación del paciente individual sobre los mandatos de salud pública uniformes.


He aquí alguna de sus perlas:

"La idea de erradicar el sarampión o la polio nos resulta atractiva simplemente porque el poder de la ciencia médica alimenta la ilusión de que es técnicamente posible; veneramos cada victoria de la tecnología sobre la naturaleza, del mismo modo que la corrida de toros celebra ritualmente el triunfo de la inteligencia humana sobre la bestia bruta. Por eso rara vez reprochamos a las farmacéuticas sus beneficios exorbitantes e incluso ofrecemos voluntariamente los cuerpos de nuestros propios hijos para sus últimos experimentos. La vacunación es, en esencia, un sacramento religioso de nuestra participación en el milagro: un auto de fe en nombre de la civilización misma".

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"Pero incluso si, uno por uno, lográsemos erradicar el sarampión, la polio y todas las enfermedades infecciosas agudas de la humanidad, me resulta difícil imaginar que por ello estaríamos más sanos, o que no surgirían otras al menos igual de graves para ocupar su lugar. En particular, cambiar las enfermedades epidémicas del pasado por las enfermedades crónicas omnipresentes de hoy parece un mal negocio, tanto médica como económicamente, al menos en el mundo industrializado, donde las grandes enfermedades infecciosas ya estaban en declive gracias a mejoras básicas en higiene, saneamiento, calidad del aire y del agua, y similares. Sin embargo, estas son las fantasías que se nos enseña a creer y las idolatrías a las que aspiramos".

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"Por eso, con todo el respeto, tengo poca fe en los sacramentos de Merck, GSK, Pfizer y compañía. Prefiero la verdad mucho más antigua de que la propensión a enfermar está profundamente arraigada en nuestra naturaleza biológica, y que los signos y síntomas de la enfermedad son expresiones de nuestra propia energía vital, esforzándose al máximo por superar aquello que tratamos de superar, intentando, en suma, sanarnos a nosotros mismos. El mito profundamente irreligioso e infinitamente peligroso de que pueden hallarse soluciones puramente técnicas para la enfermedad —y para todos los demás problemas auténticamente humanos— resulta seductor porque elude el verdadero problema de la curación, que es un milagro genuino y a menudo laborioso, que requiere arte, cuidado y atención individual, y que siempre puede no producirse".

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"Todos estamos realmente en riesgo de enfermedad y muerte en cada momento: ningún grado de tecnología puede cambiar eso. Sin embargo, la misión quijotesca de la tecnomedicina consiste precisamente en eso: estar siempre en primera línea contra la enfermedad, atacarla y destruirla allí donde aparezca. La disciplina que intento honrar es mucho más sencilla, más saludable y más satisfactoria: consiste en nada más elaborado que prestar total atención a la experiencia vivida de mis pacientes; reconocer los elementos de salud y bienestar que permanecen ocultos o inaccesibles para ellos; y ofrecer la ciencia pertinente y los medicamentos más adecuados para apoyar y reforzar su capacidad innata de autocuración. Sea religión o no, esa es la profesión por la que elegiría vivir; y aunque estoy dispuesto y encantado de compartirla, no se la impondré a nadie".

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En resumen, el Dr. Richard Moskowitz argumenta en su libro que las vacunas solo proporcionan una inmunidad artificial y temporal en comparación con una inmunidad natural robusta, y que pueden contribuir a enfermedades autoinmunes crónicas al suprimir enfermedades agudas infantiles. Aboga por el consentimiento informado y la voluntariedad en la vacunación, cuestionando los estudios de seguridad a largo plazo y las políticas obligatorias que rodean esta práctica. 


El plasma de los vacunados

 

El análisis de las donaciones de sangre para la extracción de hemoderivados está aportando información relevante en relación con el COVID-19. 

Así, un artículo muestra que de las 13 preparaciones de inmunoglobulinas (anticuerpos) intravenosas analizadas, elaboradas a partir de donantes sanos prepandémicos, 9 ya presentaban reactividad cruzada con los antígenos S1 (spike) del SARS-CoV-2, y algunas de ellas con títulos de anticuerpos tan altos como los observados en pacientes infectados con COVID-19. 


La explicación está en que esos donantes sanos conservaban esos anticuerpos generados en contactos previos con la proteína spike natural de los coronavirus que cada invierno causan el resfriado común, junto con los rinovirus. Es decir, que existía inmunidad humoral cruzada previa en parte de la población.

Por otra parte, este otro artículo muestra cómo las preparaciones de inmunoglobulinas intravenosas recientes contienen crecientes niveles de anticuerpos anti-proteína spike, debido a la vacunación. Los efectos no se analizan.


Claro que esta proteína no es la proteína viral completa en su contexto estructural natural, sino una versión estabilizada y expresada de forma aislada. Es una proteína recombinante obtenida por ingeniería genética en un laboratorio, o bien sintetizada a través de un ARNm también de laboratorio. Que no, no es lo mismo, como tampoco es lo mismo encontrarse un parachoques en una cuneta o toparse con el de un coche que te viene de frente.

Y como tercer dato, y este nos pilla de cerca, cuatro recientes alertas de farmacovigilancia por aumento de reacciones de hipersensibilidad en pacientes receptores de inmunoglobulinas intravenosas en España, con las consiguientes retiradas de los lotes implicados:

Hay que tener en cuenta que el plasma del que se sacan esas inmunoglobulinas procede de donantes de sangre que en su gran mayoría ha recibido vacunas COVID de ARNm. Estas vacunas, además del propio ARNm recombinante para generar proteína spike y anticuerpos contra ella, contienen excipientes como el polietilenglicol (PEG), que también genera anticuerpos: los anticuerpos anti-PEG. 

Y ya son varios los estudios que atribuyen parte de los efectos adversos de las vacunas de ARNm precisamente a los anticuerpos anti-PEG que genera ese excipiente.


Por tanto, puede que el aumento detectado de reacciones en los pacientes que reciben inmunoglobulias intravenosas en España se deba a que se les están inyectando con ellas los anticuerpos anti-PEG de los donantes de sangre que han recibido vacunas COVID de ARNm. Donantes en su mayoría estadounidenses, donde se paga por donar sangre.

¿Se habrá analizado si estos lotes presentaban niveles elevados de anticuerpos anti-PEG...? 
¿Se habrá estudiado su posible contribución a las reacciones observadas...? No se nos dice.

Las inmunoglobulinas intravenosas son un espejo de la sangre de la población. Si la sangre de la población cambia, el producto cambia, eso es evidente. 

La cuestión es si estamos midiendo sus consecuencias.